Detergentes, desinfectantes y demás familia

Llevamos ya un tiempo que por a o por b nos lavamos las manos con frecuencia. Algo que siempre debimos hacer (espero que todos), pero igual ahora un pelín más. Que si agua con jabón, que si desinfectantes de manos, pero ¿cómo funciona cada cosa? Y, ¿en qué momento a alguien se le ocurrió utilizar una pastilla de jabón (¡o hacer jabón!) para lavarse? La higiene es tan importante que hasta hemos pensado en llamar al blog Biotecnología, etimología e higiene (jeje).

Es verdad que en general asociamos la roña con lo asquerosito, todo un poquito por aquello de la evolución: a menos roña, menos enfermedades. Desde la existencia de antiguas civilizaciones como la mesopotámica, griega y romana, que se dedicaron a tontear con el jabón, los sistemas de canalización, y los baños públicos, un básico de higiene se ha mantenido. Sin embargo, se comenta, se dice, se rumorea, que en la Edad Media mucho de lavarse tampoco eran (na, na, na, na, rumore, rumore de que Isabel la Católica non era molto limpia). Es a partir del siglo XIX cuando la cosa se pone ya seria.

Un poco antes, en el siglo XVII, un señor holandés llamando Anton von Leeuwenhoek (en castellano, Antonio de la Esquina de Leones) se construyó un “microscopio”, que, de verdad, es para verlo, y se dedicó a observar todo lo observable que previamente no lo era. De ahí, que fuese él probablemente la primera persona en ver bacterias y otros seres microscópicos. Ya entrado el siglo XIX, otros se dedicarían a aislarlos. Es el caso de Robert Koch, ese señor que tiene una calle dedicada en cualquier ciudad de Alemania, ante todo, por su descubrimiento del agente causante de la tuberculosis, el bacilo de Koch. El señor Pasteur también empezó a decir que eso de la generación espontánea, que nanay: que si algo se ponía pocho en casa, sería porque alguna bacteria o algún otro microorganismo pululaba por la comida. Básicamente, la sociedad comenzó a concienciarse de que igual las enfermedades infecciosas no eran un castigo divino, sino que más bien tenían un origen terrenal. Este origen mundano significaba que se les podía poner fin si se paraba la propagación de los agentes que las causaban: todos esos microorganismos que no se ven, pero que por ahí andan. John Snow, médico inglés y King in the North, sentó por aquellos entonces las bases de la epidemiología.

Rompiendo barreras

¿Y qué medidas de higiene se empezaron a adoptar? Por ejemplo desinfectar(se) con agua y jabón (tan importante, que el doodle de hoy está dedicado a su primer gran promotor, Ignaz Semmelweis). El jabón es el resultado de un proceso llamado saponificación en el que reaccionan lípidos (aceites, grasas) e hidróxido de sodio (la sosa cáustica de toda la vida) o potasio (potasa cáustica). Recordemos que el jabón ya estaba allí desde siempre, pero la fabricación en masa comenzaría a partir del siglo XIX por aquello de parar plagas de cólera y evitar muertes postparto.

Este jabón, que todos utilizamos para lavarnos las manos y el resto del body, es un detergente (del latín detergere, limpiar). Los detergentes están compuesto por una cadena larga hidrófoba (que repele el agua) y una parte más pequeñita hidrófila (a la que le gusta el agua). Debido a su estructura, y por algo llamado el efecto hidrofóbico, formarán “bolas” donde las partes que repelen el agua se atraerán entre sí disponiéndose en el interior de esa “bola”, mientras que las partes a las que les gusta el agua quedarán en la superficie. Si tienes un plato con grasa y lo lavas con agua con jabón, esas minúsculas gotas de grasa (que es hidrófoba, recordemos aquello de que el agua y el aceite no se pueden mezclar. Hemos encontrado una canción de Melendi que lo atestigua) se dispersarán por la acción de esas “bolas” de jabón: lo hidrófobo se va con lo hidrófobo, y lo hidrófilo con lo hidrófilo. Bueno, pues por ahí van los tiros con las bacterias y los virus. Las bacterias, así como algunos virus, están recubiertas por una membrana lipídica que, al contacto con el jabón, “se romperá”. Al destruir la membrana lipídica de estos microorganismos, lo que se consigue es, básicamente, aniquilarlos. Además, insertadas en las membranas se encuentran multitud de proteínas que pueden ser afectadas (por sus partes hidrófobas, o por la carga que éstas tengan) de la misma manera, contribuyendo a la desestabilización total del microorganismo.

Litros de alcohol corren por mis venas, mujer

A no ser que bebas absenta, dada su alta graduación, ponerte hasta las trancas no te va a salvar de un resfriado. El porcentaje de alcohol necesario para eliminar ciertos microorganismos debe ser de al menos un 60%. Los alcoholes tienen un grupo -OH (hidrofílico, lo que habíamos hablado antes) que actúa rompiendo la estructura tridimensional de las proteínas, que están en la superficie de los microorganismos. La estructura tridimensional de las proteínas está formada por diferentes interacciones entre los diferentes aminoácidos que la forman. Entre estas interacciones, hay unas denominadas puentes de hidrógeno, que son las que el alcohol con su grupo -OH puede romper: son capaces de ponerse en medio y deshacerlos. Cuando esto sucede, las proteínas pueden perder su estructura tridimensional, así como cambiar su carga. Esta pérdida estructural se denomina desnaturalización y conlleva la pérdida de la función proteica. Ni todos los alcoholes desestabilizan igual una proteína, ni todas las proteínas son desestabilizadas por el mismo alcohol: depende mucho de la composición de la proteína y del alcohol (cada proteína es un mundo).

Además de las proteínas de la cubierta y/o membrana del microorganismo, dependiendo del tipo de alcohol (y su parte hidrófoba), éste va a desestabilizar también las membranas lipídicas de ciertos microorganismos. Qué niveles de alcohol son los adecuados, depende mucho del microorganismo (depende, ¿de qué depende? de según cómo sea tu composición proteica y lipídica, todo depende).

Por tanto, dependiendo del microorganismo y de su composición, la mejor estrategia de desinfección puede variar. Un ejemplo de ello es que la OMS recomienda utilizar desinfectante de manos en los hospitales porque los agentes infecciosos estrella se inactivan mejor con estas soluciones. Por otra parte, también es verdad que si te desinfectas las manos con desinfectante es más difícil saber cuándo parar. Parece ser que al irse evaporando no somos conscientes de que no toda la superficie de las manos está cubierta.

No es un todo o nada. Como ya hemos dicho, depende mucho de la composición del microorganismo, del tipo de detergente, o del tipo y el volumen de alcohol. En cualquier caso, la conclusión es clara: bien te laves las manos con agua y jabón, o bien te las laves con alcohol, Semmelweiss te da gracias de corazón ❤ .


Nota final: Nadie creyó a Herr Semmelweiss cuando dijo que las sucias manos de los médicos eran las causantes de las infecciones que padecían las señoras tras dar a luz. De hecho, lo trataron de charlatán. El tiempo le dio la razón. En cualquier caso, tú lávate bien las manos y baja la tapa del váter antes de tirar la cadena, anda.

Un comentario en “Detergentes, desinfectantes y demás familia

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