Póngame una ginebra con antipalúdicos, por favor

Pongámonos en la situación: estás en la discoteque, te acabas de pedir un gin-tonic (esto es un poco 2017, ya lo sabemos) y te dispones a menear el bullarengue, cuando una cierta luz azulada saliendo de tu cubata te distrae de tus bailes (no dudamos que no sean maravillosos) y comienza la ensoñación.

Corría el año 1845, cuando Sir John Herschel, hijo de su padre, Sir William Herschel (descubridor de Urano) y sobrino de su tía, Mrs Caroline Herschel (descubridora de cometas), -y no sabemos si también tenían algo que ver con cierta marca de mochilas-, se entretenía disolviendo sulfato de quinina y un poquito de ácido tartárico en agua. No había Netflix por aquella época, y lo que se llevaba era hacerse un Quimicefa casero.

Igual que tú en la discoteque, Sir Herschel Jr se dio cuenta de que al poner esta disolución transparente a la luz, “se aparecía un bello color azul celestial extremadamente vívido (también era poeta ahora el tío). Estaba observando por primera vez la fluorescencia de la quinina. La quinina es, de hecho, un fluoróforo (una molécula que, al absorber una determinada longitud de onda, es capaz de emitir luz a una longitud de onda diferente) ampliamente utilizado en investigación. Pero no todo es el saber, el beber también está presente: la quinina es uno de los componentes de la tónica. ¿Por qué Sir H. Jr tenía en su poder quinina en polvo y cómo acabó derivando aquello en un gin-tonic? ¿Cómo el bello color azul celestial acabó convirtiéndose en un color azul radioactivo de antro nocturno a la par que un ensalzamiento a la ex-alcaldesa de Valencia? Cómo acabo ahí, y cómo de repente el gin-tonic es una de las bebidas más populares, lo describiremos en los siguientes párrafos (¡BOOM! Toma cliffhanger).

Dame quinina y llámame tonto

Nos remontamos al siglo XVII, la malaria (que por aquél entonces no tenía todavía nombre) acuciaba América y unos señores jesuitas en Perú, se dieron cuenta que había que sacarle partido a la corteza de un árbol que la población nativa ya utilizaba para tratar “ciertas fiebres” que mermaban la población. Ese árbol se llama quino, y en su corteza reside la quinina (que viene de quina-quina, corteza de la corteza en quechua). Esta corteza se machacaba y se disolvía en vino porque darle al bebercio es siempre mejor que darle al comercio.

La corteza del quino se denomina quina, pero también es conocida como chinchona (gran nombre, mejor molécula). Perché?, os preguntaréis en italiano. Durante el siglo XVIII, Linneo, en su gran trabajo de clasificación de las especies, bautizó a la planta como Cinchona officinalis. Los rumores dicen que Linneo le puso el nombre científico a la planta basándose en el hecho de que, en el siglo XVII, Ana Osorio, condesa de Chinchón por matrimonio con Luis Jerónimo de Cabrera, IV conde de Chinchón y virrey del Perú, padecía de tercianas (las “fiebres” de antes, malaria, paludismo). Gracias a la fantástica quinina, doña Ana se salvó, y tras esto, la exportaron a Europa. En nuestra mente, por una parte, a doña Ana le llamaban La Chinchona (un escenario bastante imaginable), y por otra, Linneo se vino un poco arriba al nombrar plantas.

Pero aquí el quiz de la cuestión es que la quinina, que no fue aislada hasta 1820 por los messieurs Pelletier y Caventou, es un alcaloide que rápidamente se empezó a utilizar como antipalúdico sin saber muy bien cómo funcionaba. Como se consumía a tropel y no se sabía el mecanismo de acción ni la dosis necesaria, a la gente le daba un telele.

Incluso ahora todavía no se sabe muy bien qué es lo que hace la quinina para cargarse al parásito de la malaria. Por lo visto impide que los grupos hemo de los que se alimenta el parásito (ahí en los glóbulos rojos a tope) cristalicen, algo que permite vivir al parásito. De esta manera, el parásito no puede vivir más en la sangre, algo que permitió que, entre otra gente, la señora Chinchona pudiese seguir con su vida de noble.

La quinina antropomórfica suspira en su ebriedad mientras observa con resignación todo los picos de su vida. Todo lo que fue y que ya no podrá ser. De izquierda a derecha: Luis Jerónimo, Virrey del Perú; Sir Herschel Junior, científico y poeta; una usuaria de la bebida (todo parecido con la realidad es mera coincidencia) y Quinín, el cerdo más longevo de Galicia, por alusiones.

El gin-tonic más histórico, el que molaba

Dada la capacidad antipalúdica del compuesto, la quinina era lo más en la época. ¿Y qué pasó? Que la Compañía Británica de las Indias Orientales decidió que no podía permitirse el lujo de que sus tropas sucumbiesen a las vicisitudes mosquitiles de los trópicos hindúes (el vector de transmisión de la malaria es un mosquito traicionero), así que les dieron quinina a gogó para que se mantuviesen sanos sanotes. Mejor prevenir que curar, vamos. Pero parece ser que la quinina estaba asquerosísima y amarga a más no poder (una de las autoras de este artículo sostiene estas declaraciones) así que, ni cortos ni perezosos, los soldados la mezclaban con agua, lima y azúcar (es decir, con pseudotónica) para hacerla más agradable al gusto. Y claro, donde cabe agua, cabe ginebra. Señoras y señores, con todos ustedes, el gin-tonic acababa de nacer.

¿Se percataron las tropas británicas del momento histórico que estaban presenciando? ¿El génesis del copazo por excelencia? Misterios insondables. El caso es que el gin-tonic acababa de llegar al mundo, y que posiblemente esa nueva forma de tomar medicamentos sedujo a las tropas británicas, que se prestaron a sentir el caloret. Si algún soldado poeta se percató de que su gin-tonic tenía un bello color azul celestial, nunca lo sabremos. Lo que sí que sabemos es que el cerdo más famoso y longevo de Galicia se llamaba Quinín. ¿Casualidad? No lo creo.


Nota: También es verdad que mucho gin-tonic hay que beber para que esto sirva para no contraer la malaria. No te atengas sólo al bebercio como profilaxis, por favor.

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